CAPITULO II.

Muy próximo al domicilio de mis padres en calle Portería de Santa María de Gracias, frente por frente a unos cuatro metros de ella se encontraba un Convento de Monjas de Clausura, este convento desaparecido por su estado ruinoso en el siglo XX y se abre una gran plaza a la que se le ha dado el nombre del Poeta Juan Bernier, y a una distancia de unos cien metros aproximadamente cayeron varias bombas enviadas por los aviones entre las calles Custodio, Roelas y en la Iglesia de San Rafael muriendo una persona cuando circulaba por aquellos lugares.

Eran tantos los peligros que asechaban nuestras vidas que mi padre llegó al extremo de tener que realizar por si sólo una especie de refugio en el hueco de la escalera de nuestra casa para evitar los peligros de los bombardeos, con algunos tablones gruesos y colchones de nuestras camas logró finalizar mencionado refugio, ya que nos encontrábamos en medio de dos fuegos el Convento y la Iglesia punto de mira por el enemigo .En uno de aquellos bombardeos que eran diariamente a horas distintas cayó un trozo de metralla muy próximo en el lugar donde nosotros nos encontrábamos sin que llegara a causarnos heridas, por lo que a partir del siguiente día por consejos de mi padre, nuestra madre nos llevaba al refugio que en el primer capítulo explique.

Terminada la contienda tres años después, se desencadenaron cinco años de hambre (1940 a 1945) fue una posguerra de bastante escasez de alimentos y artículos de primera necesidad, como ropas, zapatos y un gran etc. de cosas de bienestar personal. El aumento drástico de precios y la escasez de alimentos el gobierno o autoridades pertinentes de aquellas fechas facilitaron a los cabezas de familias unas cartillas llamadas de racionamiento con cupones para la compra de pan según la cantidad de familiares a su cargo. No dejo de olvidar como mi madre al regreso de la panadería nos daba a cada uno de mis hermanos la ración de pan que nos correspondía y cada cual se administrara como quisiera la misma, tanta era el hambre en aquellas fechas que pasaba por nuestra casa que hasta las naranjas nos la comíamos con cáscara.

El jornal que mi padre ganaba no era suficiente para que mi madre pudiera poner lo necesario en la mesa para alimentarnos. Mi madre solía comprar en una frutería muy próxima a nuestro nuevo domicilio en el Barrio de San Lorenzo, la que la propietaria de la misma cuando terminaba la venta solía darnos aquellas frutas o patatas algo deficientes para la venta al público y posteriormente nuestra madre nos diera la parte aprovechable y comestible y así saciábamos nuestra hambre .
No usábamos zapatos ni zapatillas, eran alpargatas con suela de goma, que como podéis comprender a los pocos días aquellas se le partía la suela y nos mordían la planta del pie, cuando nuestros padre podían comprarnos unos zapatos éstos lo reservábamos para los domingos o cualquier festivo.