PALACIO DE LOS VILLALONES.

Este palacio, conocido también como Palacio del Orive, es un bello ejemplo de arquitectura civil cordobesa del Renacimiento.

El autor del edificio fue Hernán Ruiz II. en 1560, posee en su interior la más bella huerta del casco histórico de la ciudad, actualmente convertido en los Jardines del Orive.

Este palacio es sede actual de la Conserjería de Cultura del Ayuntamiento de Córdoba que ha habilitado salas para exposiciones temporales de autores contemporáneos

LEYENDA TESORO PALACIO DE ORIVE O DE LOS VILLALONES.

Versión 1ª.-

En este Palacio a finales del siglo XVII., vivió el Corregidor Don Carlos de Ucel, viudo con su hija Blanca. Una noche pidieron albergue en la casa unos hebreos y el Corregidor les permitió dormir en el zaguán. Pero, en vez de dormir, encendieron una vela, rezaron unas oraciones y la tierra se abrió. Los hebreos descendieron por una escalera de mármol y, al poco, regresaron con un cofre cargado de oro. Al amanecer se despidieron del dueño y se marcharon, Blanca que los había estando observando por el ojo de la cerradura, pretendió hacer lo mismo a la noche siguiente: encendió la vela, rezó y la tierra volvió a abrirse, apareciendo la misma escalera, por la que descendió en compañía de una criada.

Habiéndose demorado más de lo conveniente, la vela se consumió, cerrándose la tierra sin que pudiera escapar más que la criada .Y bajo la tierra quedó enterrada para siempre la muchacha, sin que por más excavaciones que el padre realizara, fuera posible encontrarla.

Todavía hoy, al separar de la pared el cuadro de un Cristo en una vivienda del Huerto de San Pablo, que linda con la casa de Orive pueden escucharse los gritos agónicos y aterrorizados de una mujer joven.

Versión 2ª.-

El Corregidor Don Carlos de Ucel, había perdido a su bella y adorada esposa, casado más feliz se juzgaba con su compañera. El Cielo quiso, para consolar la amargura que aquella perdida le causara, como su nombre, y tímida y sencilla como el espiritu de un ángel. Jamás salía de casa, sino acompañada de una dueña, en sus primeros años, y después su padre. Contaba diez y siete años, cuando en uno , al llegar a la velada entonces hoy Feria de la Fuensanta, la llevó a beber aquellas puras y apetecidas aguas y orar por su madre ante la venerada imagen amor de todos los cordobeses. En la esquina del Convento de San Rafael, se les interpuso una harapienta gitana, de horrible aspecto y penetrante mirada, pretendiendo decir a Blanca la ventura que le esperaba. La tímida joven demostró al punto su repugnancia, y Don Carlos, que temían un ligero disgusto en su hija, ordenó a la gitana se apartase, dejando de incomodarla por mas tiempo, ella insistió, y al fin fue preciso, mal a su grado retirarla dejándola a un lado del camino, profiriendo mil palabras, entre las que se percibieron claramente:”Ellos pagarán su orgullo con raudales de llanto, que la desgracia les hará verter”. Nadie le hizo caso de sus palabras, que consideraron desahogo de su mala educación, volviéndose tranquilos a su casa, como si nada hubiese oído.

Dos o tres años habrían transcurrido cuando a las altas horas de la noche, oyeron llamar a la puerta: asomáronse, y eran unos hebreos que iban a quejarse al Corregidor de que no les querían dar posada en ninguna de las de Córdoba y pedían, o una orden para ello ó que se les dejase pasar hasta el día, aun cuando fuera en el, portal de su casa. Consintió Don Carlos en este último, y la dueña que había recibido el recado, ponderó a Dª Blanca lo extraño de las figuras de los nuevos huéspedes, hasta el punto de que la curiosidad les hizo ir a examinarlos por el agujero de la llave del portón : más, cual sería su sorpresa al ver que leían en un libro a la luz de una vela amarilla, y que pasaban muy deprisa las cuentas de una especie de rosario que uno de ellos llevaba pendiente de la cintura. A poco sonó un ruido extraño y la tierra se separó, dejando una abertura que daba paso a una hermosa escalera de mármol. Por ella bajó uno, volviendo al poco acompañando de un joven que apenas frisaba en los tres lustros, de hermoso y gallardo aspecto, y un cofre, al parecer lleno de alhajas de gran valor. Aquel desgraciado, enterrado en vida, les rogó repetidas veces para que lo llevaran consigo, siendo inútil sus quejas y súplicas, pues después de algunas prevenciones que le hicieron, le obligaron a bajar por la ancha escalera. Apagaron la vela y con la luz desapareció también el hoyo formado en el portal, como si nada hubiese sucedido.

Llegó la mañana siguiente, y los hebreos se despidieron del Corregidor, dándole muchas gracias por la generosidad con que los había hospedado : más ¡ cuanta desgracia se atrajo con ella! Tanto la dueña como la hermosa Blanca, ardian en viva curiosidad por saber el misterioso arcano del joven prisionero con tantas y codiciadas riquezas. Examinado el portal, y nada advertían su pavimento, hasta que la dueña vio esparcidas por él muchas gotas de cera desprendidas de la vela encendida por los hebreos. Juntándolas cuidadosamente e hizo un cerillo, con el que creían que se abriría la tierra. Esperaron la noche, y cuando todos estaban recogidos, bajaron al portal y encendieron la luz, logrando por este medio que apareciese de nuevo la escalera, por lo cual Blanca, recorriendo algunas galerías sin hallar el menor rastro: cuando vió la dueña que el pubilo que se acababa, echaron a correr; pero al salir se le concluyó, quedando dentro la desgraciada joven que venía tras ella. La pobre vieja empezó a gritar: a sus voces acudió el Corregidor y todos los criados, quienes se confundían más con sus revelaciones; luego llamaron a Blanca, que respondía con acento de dolor desde el centro de la tierra. El Corregidor hizo miles de excavaciones, todas inútiles ,llorando en su desesperación la perdida de tan querida hija. Varios años pasaron: Don Carlos murió sólo y desesperado.

Desde entonces se dice, que una sombra misteriosa recorre de noche toda esta casa en la que muchos aseguran haberse asombrado, atribuyéndole a el alma de Dª Blanca, que aun vaga por sus contornos.