Mi última  vez que lloré  amargamente fue un  13 de diciembre del 2002 ,cuando el crepúsculo vespertino se llevó de mis manos a mi hija  Mari-Cruz de 50 años de edad a causa de esa maldita enfermedad llamada “ cáncer de mama”.

Si lloré ese día al  tenerla cogida sobre mis manos diciéndome con voz entrecortada y baja estas palabras que han quedado grabadas  para siempre en mi corazón:” Papá, Papá-…ya, ya, yaa.”-  y a las 20`10 horas sus manos se aflojaron de las mías para nunca abrirlas jamás.

Lloré de pena por ella al ver que todo acabara así y que un padre no tuviera un suficiente poder por evitarlo, ¿Por qué tanto dolor  y sufrimiento? ¿Díos mío? ¿Tengo miedo?

Lloré  porque no  sabía traducir lo que significaba la palabra muerte, lloré sí, como algo cruel y  terrible  pero cierto que estaba atravesando  como una flecha  mi corazón. Y no, no fue resignación ni aceptación del  destino, sino la seguridad absoluta de que había perdido para siempre a una hija la que dejaba huérfanos a dos humildes hijos una de 13 añitos y otro de 11 y un esposo perfecto el cual  a partir de ese  momento tendría que llevar toda la responsabilidad de un hogar destrozado .El caso es que sí, que lloré la última vez con una inevitable punzada de dolor, mis lágrima se transformaron en el mejor modo de sintetizar el desasosiego y  el vacío sin esa hija.

He notado al paso del tiempo como el “miedo” me persigue, va tras de  mí, se que sigue mis pasos  y observo ver su sombra. Me he pasado  mucho tiempo intentando despistarlo, pero  me sigue y me sigue a todos lados. He hecho  un pacto con –“el miedo” – , ya no me espera detrás de cada esquina o rincón de mi vida, ahora no temo llorar si me alcanzara, se que después de mis lágrimas siempre ha de estar presente una sonrisa que inspire un recuerdo de cariño y amor hacia mi hija, hasta ahora es mi mejor arma contra  el miedo, intento saber que no está tras de mi por las noches acostado en mi cama entre la soledad y el silencio de la noche, lo espero y a veces llega solapado y me hace llorar,- tengo días que no lloro -, pero lo siento dentro de mí, aprieta mi cuerpo como queriéndome decir que es  el  miedo y la inquietud -, pero no vas a poder con migo le digo, vuelve a tu esquina o rincón entre los recuerdos y el olvido.

En mi corazón se refleja como en un espejo la ansiedad de mi  dolor, que parece  espectro de un sueño. ¿Quiénes son los venidos en el ansia de la liberación del miedo?  ¿Qué me sucede? ¿Por qué esta depresión de alma?  Cuanto me rodea, me aburre.

En cada novedad me parece encontrar resuelto el problema, pero pronto me veo en la necesidad de confesarme que me he equivocado, y vuelvo otra vez a mi estado de inquietud; de continuo  escucho un grito que sale del fondo  de mi alma, diciéndome: -  ¡Cumple tu misión, que para algo has venido…El llanto me ahoga. Consigo sofocar mis lágrimas. Reacciono y mi alma vagamente se pierde en la soledad. Sigo teniendo miedo. ¿Miedo? ¿Por qué? No lo sé; es un caso especial que no se explicármelo; tengo miedo de que el “miedo” siga persiguiéndome y me toque una vez más.

Tengo la intuición de que me dice: “es inútil que te rebeles contra mí” – por este acoso tengo que traspasar ese umbral y abrir  las  puertas  nuevamente de mi vida  para olvidar para siempre  a ese miserable  “miedo”  y me deje llorar libremente.