Estas dos personas han sido mis suegros, José y María, pocas personas como José he podido conocer, tan fiel como lo demostró ante aquellos terratenientes de Córdoba que lo explotaron  y lo exprimieron como un limón, uno de  esos terratenientes le sacó hasta el jugo de sus huesos. Este terrateniente que tenía fincas enclavadas en la serranía cordobesa, lo tuvo a su cargo para cuidar de ganado cabrío y otras  de distintas especies, y en beneficio le cedía tierras llenas de monte bajo (jaras y lentiscos)  las que podía desmontar para su propio beneficio de hacer picón para luego venderlo, y aquella tierra desmontada podía sembrarla de cereales, los que una vez recolectados tenía que repartir a partes iguales con el terrateniente.

 

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La finca se encontraba enclavada a unos 10 a 12 kilómetros de la ciudad donde crió a sus cinco hijos de corta edad en aquellos entonces, teniendo como cobijo para resguardarse de las inclemencias del tiempo como la lluvia, el frió y las ventiscas de aire y a veces de nieve una choza, cobertizo o una cueva, según conforme avanzaban en el desmonte de las tierras, siendo todo aquello más bien parecido a los hombres primitivos de Adán y Eva y no a la generación del siglo XX en que se encontraban, siendo estos lugares donde pasaban parte del día y para descansar en la noche, donde carecían de todos los medios necesarios para llevar una vida saludable.

Cuando José tenía preparadas algunas cargas de sacos de picón, su esposa María dejaba a sus cinco hijos al cuidado de los mayores bien en la choza, cobertizo o cueva, la que con una borriquita que tenían se trasladaba a la capital, bien lloviendo, haciendo frió  o cayendo –heladas, para vender su cargamento de tres sacos de dicho producto que servía a la gente para calentar sus viviendas, y que le pagaban a “ tres  pesetas  el saco” que arrojaban  un total de  “nueve pesetas la carga”, con el importe de la venta lo empleaba en comprar comestibles y pan para el consumo de la familia y, si algún día no le llegaba el dinero lo dejaba fiado hasta que volviera otra vez con un nuevo cargamento.

José, en esta situación permaneció bastantes años de su vida, abanzada ya su edad y por su mucho trabajo en el campo, las mojadas de lluvias en su cuerpo, ese frió y aquella humedad lo enfermó, ya cansado, sin fuerzas y agotado para continuar con aquellos trabajos por su profesión, decidió dejar el campo como continuidad, decidiendo  venirse junto a su familia a una pequeña casita que se construyó en un solar que adquirió en un barrio de la ciudad llamado “Zumbacón”.

 

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Posteriormente estando ya residiendo en la ciudad, solía salir al campo para haberse un un poquito de picón que tenía luego que traer a sus espaldas a bastantes kilómetros, para luego posteriormente venderlo entre la vecindad y, de esta manera ayudar algo al hogar.

El pobre José, ya con  62 años de edad, cansado, agotado, enfermo de pulmonía quiso Dios nuestro  Señor recogerlo en su seno para que descansara de esa vida tan indigna donde este hombre dejó su cuerpo, alma y también su sangre en ese “campo lleno de jaras y lentiscos”, para poder sacar adelante a toda una familia.

María su esposa, a pesar de haber trabajado tanto ayudando a su esposo en el campo, el cuido de sus hijos y las grandes caminatas que se daba día tras día para ir hasta Córdoba a vender el picón que José hacía, no estuvo nunca enferma, fue una mujer fuerte y con muchas ganas de vivir. De viuda estuvo viviendo en gran parte en casa de una hija llamada Caqui, la que cuidó con mucho respeto, esmero, cariño y amor de madre y otras veces permaneció en la casa de otra hija llamada María que al igual que la anterior supo respetarla y amarla.

A los 97 años se puso enferma por su deterioro corporal como pudo ser algo de demencia senil, falleciendo en el Hospital General de Córdoba el 3 de agosto de 1998.

Abuelo Andrés.